todas las consecuencias y
abarca todos los resultados; --tened en cuenta que debemos convocar a la nobleza,
al clero y al estado lla-
no; destruir al príncipe reinante, turbar con un escándalo inaudito
la tumba de Luis XIII, perder la vida y la
honra de Ana de Austria, y la vida y la paz de María Teresa, y que hecho
esto, si lo conseguimos...
--Por mí fe que no os comprendo, --replicó Aramis con indiferencia.
--De cuantas palabras acabáis de
verter no aprovecha ni una.
--¡Cómo! --exclamó con admiración el superintendente,
--¿un hombre como vos no discute en el terre-
no de la práctica? ¿Os limitáis a la alegría pueril
de una ilusión política? ¿Prescindís de las alternativas
de
la ejecución, es decir, de la realidad?
--Amigo mío, --replicó Aramis dando un acento de familiaridad
desdeñosa al calificativo, --¿qué hace
Dios para sustituir a un rey por otro?
--¡Dios! --prorrumpió Fouquet, --Dios delega a su agente, que toma
al condenado, se lo lleva y hace
sentar al triunfador en el trono vacío.
--Pero olvidáis que aquel agente es la muerte...
--¡Oh Dios! ¿acaso alentaríais la intención?...
--Nada de eso, monseñor. Vais más allá del fin. ¿Quién
os habla de matar a Luis XIV? ¿quién de seguir
el ejemplo de Dios en la estricta práctica de sus obras? No. Lo que yo
quise deciros es que Dios hace las
cosas sin trastorno, sin escándalo, sin esfuerzos, y que los hombres
inspirados por Dios triunfan como él en
cuanto emprenden, intentan y hacen.
--¿Qué queréis decir?
--Quiero decir, amigo mío, --prosiguió Aramis, --que si ha habido
trastorno, escándalo, y aún esfuerzo
en la sustitución del rey por el preso, os reto á que me lo probéis.
--¿Cómo? --exclamó Fouquet, más blanco que el pañuelo
con que se enjugaba las sienes. --¿Qué de-
cís?...
--Entrad en el dormitorio del rey, --continuó Aramis con pasmosa tranquilidad,
--y no obstante estar
vos en autos, os reto a que advirtáis que el preso de la Bastilla está
acostado en la cama de su hermano.
--Pero ¿y el rey? --preguntó Fouquet sobrecogido de horror al
oír tal nueva.
--¿Qué rey? --dijo Aramis con voz suave, --¿el que os odia
o el que os quiere?
--El rey... de ayer.
--Tranquilizaos; ha ido a tomar en la Bastilla el puesto que por espacio de
demasiado tiempo ha ocupado
su víctima. --¡Dios de Dios! ¿Y quién le ha llevado
a la Bastilla?
--Yo.
--¡Vos!
--Sí, y del modo más sencillo. Esta noche le he secuestrado, y
mientras él bajaba a la obscuridad, el otro
subía a la luz. Paréceme que eso no ha levantado el más
leve ruido. Un relámpago sin trueno no despierta a
nadie.
Fouquet lanzó un grito sordo, como si un ser invisible hubiese descargado
sobre él un golpe terrible, y,
tomándose la cabeza con las crispadas manos, murmuró:
--¿Vos habéis hecho eso?
--Con bastante destreza. ¿Qué? ¿no lo creéis?
--¿Vos habéis destronado al rey y reducido a prisión?
--Sí.
--¿Y la acción se ha consumado aquí, en Vaux?
--Sí, en la cámara de Morfeo. No parece sino que la construyeron
en previsión de semejante acto.
--¿Y cuándo ha pasado eso?
--Esta noche.
--¡Esta noche!
--Entre doce y una.
--¡En Vaux! ¡en mi casa! --prorrumpió Fouquet con voz atragantada.
--Sí, en vuestra casa, que bien vuestra es desde que Colbert no puede
hacer que os la roben.
--¡Conque ha sido en mi casa donde se ha cometido tamaño crimen!
--¡Crimen! --repuso Aramis con estupefacción.
--¡Crimen abominable! --prosiguió Fouquet exaltándose por
momentos, --¡crimen más execrable que
un asesinato! ¡crimen que para siempre deshonra mi nombre y me libra al
horror de la posteridad!
--Estáis delirando, caballero, --replicó el obispo con voz no
muy firme. --Cuidado con levantar tanto la
voz.
--La levantaré de tal suerte, que me oirá el universo entero.
--Señor Fouquet, ved lo que hacéis.
--Sí, --exclamó el superintendente volviéndose hacia el
prelado y mirándole cara a cara, --al cometer
esa traición, ese crimen contra mi huésped, contra aquel que descansaba
tranquilamente bajo mi techo, me
habéis deshonrado. ¡Ay de mí!
--¡Ay de aquel que bajo vuestro techo meditaba la ruina de vuestra fortuna
y de vuestra vida! ¿Olvidáis
eso?
--¡Era mi huésped, era mi rey!
--¿Estoy con un insensato? --repuso Aramis levantándose, con los
